Por motivos que podrían catalogarse como “profesionales” y que próximamente serán conocidos, no incluyo en este blog las mejores fotografías realizadas en África del oeste (Marruecos, Sáhara Occidental, Mauritania, Malí y Burkina Faso). De momento, tampoco dispongo de imágenes en formato digital de la región Dogón en Malí ni del último país visitado, dado que la máquina fotográfica, sin previo aviso y de forma unilateral y caprichosa, tomó la decisión de dejar de funcionar por tiempo indeterminado en la ciudad de Mopti, en Malí.
Haciendo click se amplía al tamaño "real" de la fotografía
23 de abril de 2007
Marruecos2.JPEG
Por motivos que podrían catalogarse como “profesionales” y que próximamente serán conocidos, no incluyo en este blog las mejores fotografías realizadas en África del oeste (Marruecos, Sáhara Occidental, Mauritania, Malí y Burkina Faso). De momento, tampoco dispongo de imágenes en formato digital de la región Dogon en Malí ni del último país visitado, dado que la máquina fotográfica, sin previo aviso y de forma unilateral y caprichosa, tomó la decisión de dejar de funcionar por tiempo indeterminado en la ciudad de Mopti, en Malí.
18 de abril de 2007
La fatalidad de ser negro
Insisto en el tema epidérmico, pero es una cuestión que marca el viaje por África a cada momento. Las miradas de derrota, la envidia (injustificada), el resentimiento permanente y vitalicia de muchos de los africanos hacia los europeos (al resto son incapaces de situarlos en su mapa mundi referencial). El llamado incesante de "tubabu" que distingue en el inconsciente africano el yo-negro-pobre y él-blanco-rico y el ulterior él-blanco-rico está en deuda con el yo-negro-pobre. Pobre yo que soy negro, piensan.
Nosotros podemos visitarlos a ellos, pero ellos difícilmente podrán ir a "nuestros" países de origen. La economía manda. Los africanos preguntan por nuestros hogares aún sabiendo que jamás podrán visitarlos. Yo repito: "en Argentina, a diferencia de la Comunidad Europea y sus estúpidas leyes de migración, ustedes pueden entrar, aunque sea de visita". Ahora, bien, ¿cuántos vidas necesitará de trabajo para ahorrar, como mínimo, los mil euros?
La pregunta es constante: "¿Tú no puedes llevarme ahí arriba contigo?". Piden ayuda de forma indiscriminada y creen ingenuamente que todos los tubabus podemos y debemos ayudarlos. Lo de "debemos" es muy cuestionable y polémico. Lo de "podemos" queda sujeto a la realidad de cada uno. Si no les dejamos un regalo somos egoístas y si les dejamos un regalo nos pedirán que, una vez que volvamos a casa, les enviemos más obsequios. Puf, qué complicado que es esto del altruismo. Pero de las ONG ni hablar: sólo llega a los pequeños pueblos de África el 10 por ciento de lo que se envía.
Nosotros podemos visitarlos a ellos, pero ellos difícilmente podrán ir a "nuestros" países de origen. La economía manda. Los africanos preguntan por nuestros hogares aún sabiendo que jamás podrán visitarlos. Yo repito: "en Argentina, a diferencia de la Comunidad Europea y sus estúpidas leyes de migración, ustedes pueden entrar, aunque sea de visita". Ahora, bien, ¿cuántos vidas necesitará de trabajo para ahorrar, como mínimo, los mil euros?
La pregunta es constante: "¿Tú no puedes llevarme ahí arriba contigo?". Piden ayuda de forma indiscriminada y creen ingenuamente que todos los tubabus podemos y debemos ayudarlos. Lo de "debemos" es muy cuestionable y polémico. Lo de "podemos" queda sujeto a la realidad de cada uno. Si no les dejamos un regalo somos egoístas y si les dejamos un regalo nos pedirán que, una vez que volvamos a casa, les enviemos más obsequios. Puf, qué complicado que es esto del altruismo. Pero de las ONG ni hablar: sólo llega a los pequeños pueblos de África el 10 por ciento de lo que se envía.
Más sobre tubabus (y farafines)
Una vez consultado el origen etimológico de la palabra "tubabu" (hombre blanco) el fenómeno se aclara. El nombre es de origen árabe ("tubab") y se utilizaba para indentificar al extranjero de raza blanca. Al parecer, con la islamización de la África negra del norte, su utilización se extendió por todo el continente. Tubabu es el blanco europeo, pero también es todo aquel que no es negro: los japoneses son también "tubabús" para un burkinés, togoleño o marfileño.
Resulta que para todo antígeno existe un anticuerpo. Cuando un africano llama despectivamente "tubabu" a un occidental que pasa por delante del bar para llamar la atención entre sus pares, la respuesta "farafin" neutraliza el efecto. En bambara (Malí) y Djula (Bjurkina Faso y Costa de Marfil), "farafin" significa "negro". El concepto es entendido en toda la África negra francófona (desde Mauritania hasta el Congo, salvando Ghana Gambia, Liberia y Nigeria, que son angloparlantes). Cuando a uno le dicen "tubabu" y responde de esta manera, el africano queda completamente desorientado. Los que están a su alrededor se ríen; él acepta la derrota.
Por otra parte, vale contar ciertas experiencias acerca de los blancos y negros. En una aldea Dogon del sur de Malí y en algunos barrios de Bobo-Diolasso, en Burkina Faso, algunos niños se pusieron a llorar de miedo cuando observaron la presencia de un no-negro. En un caso salieron corriendo en dirección de sus madres. Una niña burkinés, incluso, se quedó atónita en el lugar y se hizo pis en encima cuando me acerqué. De los bebés ni hablar: temen a los tubabus como yo temía al Cuco.
Estos niños nos ven como unos extraterrestres. ¿Lo somos?
Resulta que para todo antígeno existe un anticuerpo. Cuando un africano llama despectivamente "tubabu" a un occidental que pasa por delante del bar para llamar la atención entre sus pares, la respuesta "farafin" neutraliza el efecto. En bambara (Malí) y Djula (Bjurkina Faso y Costa de Marfil), "farafin" significa "negro". El concepto es entendido en toda la África negra francófona (desde Mauritania hasta el Congo, salvando Ghana Gambia, Liberia y Nigeria, que son angloparlantes). Cuando a uno le dicen "tubabu" y responde de esta manera, el africano queda completamente desorientado. Los que están a su alrededor se ríen; él acepta la derrota.
Por otra parte, vale contar ciertas experiencias acerca de los blancos y negros. En una aldea Dogon del sur de Malí y en algunos barrios de Bobo-Diolasso, en Burkina Faso, algunos niños se pusieron a llorar de miedo cuando observaron la presencia de un no-negro. En un caso salieron corriendo en dirección de sus madres. Una niña burkinés, incluso, se quedó atónita en el lugar y se hizo pis en encima cuando me acerqué. De los bebés ni hablar: temen a los tubabus como yo temía al Cuco.
Estos niños nos ven como unos extraterrestres. ¿Lo somos?
9 de abril de 2007
Socialismo a la africana
África es sinónimo de hambre. Cierto. Miles de personas no tienen lo que comer. Ahora, bien, en Malí y Burkina Faso, dos países muy pobres pero no de los más pobres entre los pobres de África (Sierra Leona, Liberia; regiones con conflictos armados) los habitantes de los pequeños pueblos bien se las arreglan para subsistir con pocos alimentos y una producción agrícolo-ganadera muy básica.
El secreto no es ningún secreto: sobreviven porque lo comparten todo. Hasta la jarrita del agua con la cual se lavan los pies. Se trata de una alimentación básica, natural 99 por ciento, y equitativa. Hago una apuesta: que cualquier valiente recorra África pueblo por pueblo. Casi seguro que no pasará hambre, en Burkina Faso o en Gabón. Casi seguro que no dormirá a la intemperie. Casi seguro que no le faltará compañía y un delicioso té a toda hora.
Incluso los baños se comparten. Aún los bloques de casas de los clase media disponen de toilettes colectivos. Porque es el sentido colectivo de la vida el que los lleva adelante. Será difícil encontrar a un burkinés contemplando el bosque en soledad. Posiblemente, irá acompañado. Así todo.
Socialismo a la africana o como se llame. En determinados aspectos, ¿quién es el que debe civilizar a quién?
El secreto no es ningún secreto: sobreviven porque lo comparten todo. Hasta la jarrita del agua con la cual se lavan los pies. Se trata de una alimentación básica, natural 99 por ciento, y equitativa. Hago una apuesta: que cualquier valiente recorra África pueblo por pueblo. Casi seguro que no pasará hambre, en Burkina Faso o en Gabón. Casi seguro que no dormirá a la intemperie. Casi seguro que no le faltará compañía y un delicioso té a toda hora.
Incluso los baños se comparten. Aún los bloques de casas de los clase media disponen de toilettes colectivos. Porque es el sentido colectivo de la vida el que los lleva adelante. Será difícil encontrar a un burkinés contemplando el bosque en soledad. Posiblemente, irá acompañado. Así todo.
Socialismo a la africana o como se llame. En determinados aspectos, ¿quién es el que debe civilizar a quién?
La mujer-cosa del Sahel
Adam tiene cuarenta y ocho años, tres mujeres y trece hijos. La diferencia entre la más jóven y la más madura es de veinte años. "Adamabougou" fue bautizado el terreno donde construyó este hombre las tres casas, una para cada mujer con sus respectivos hijos. "Adam" significa tierra en arameo, la lengua madre del árabe y el hebreo, y "bougou" es "la tierra de" en bambara, una de las equis formas de comunicación oral que existen en Malí. "Adamabougou" es, entonces, "la tierra de la tierra" y está situada a siete quilómetros de Djenné, una ciudad levantada a base de barro y caca animal.
Un noche Adam duerme con una mujer, otra con otra. Si quiere sexo más fresco, pues se va con las más joven (acto que que equivale a un hijo número 14, puesto que aquí mejor no preguntar por condones o pastillas anticonceptivas). Si quiere conversación de su altura intelectual, se va con la mayor. ¿Amor? ¿Cariños? ¿Un "te quiero"?
En África occidental más tradicional -muy mayoritaria a abril de 2006 D.C.- la mujer es considerada por la sociedad como el instrumento físico para traer hijos al mundo, la responsable de amamantarlos y soportarlos en la niñez y, a su vez, como la encargada de los asuntos domésticos, léase limpieza, preparar las comidas. Poco más que eso.
Desde muy pequeña, la mujer africana de las regiones contaminadas por una religión que no es natural de los nativos -el Islam-es desprovista de uno de los placeres más intensos que la Madre Naturaleza les ha regalado. Un viejo le amputa una importante porción del clítoris a los tres o cuatro años. No es sólo un crimen por el hecho de que la pobre puede morir a causa de una hemorragia si no se disponen de las condiciones sanitarias adecuadas, sino que porque es antinatural: si las mujeres nacen con tal órgano, es porque les será de gran utilidad y porque la vagina no solo existe como escape de orina y escupe bebés.
Las mujeres, con sus mentes envenenadas por oradores del Corán, están orgullosas de haber sido mutiladas sexualmente. Una mujer de la etnia peul me decía que aquel día del bisturí y el alambre de púa fue el más importante de su vida. También me recordaba que el rito de la ablación clitoridal es preislámico en la región, pero cuya aplicación se sistematizó cuando los dueños de la Verdad obligaron a los negros a punta de cañón a ponerse en cuatro patas y rezarle a Alá.
Para un individuo acostumbrado a dar placer a la mujer en la caña resulta horroroso acostarse con una mujer que no tiene aquello, o que solo tiene un mínima parte. Además, el rozamiento ya no produce placer sino todo lo contrario (de por vida). !Y lo festejan con bombos y platillos!
Recuerdo una frase de una cínica publicidad que afirmaba: "Millones de personas no pueden equivocarse".
Sí que pueden.
Un noche Adam duerme con una mujer, otra con otra. Si quiere sexo más fresco, pues se va con las más joven (acto que que equivale a un hijo número 14, puesto que aquí mejor no preguntar por condones o pastillas anticonceptivas). Si quiere conversación de su altura intelectual, se va con la mayor. ¿Amor? ¿Cariños? ¿Un "te quiero"?
En África occidental más tradicional -muy mayoritaria a abril de 2006 D.C.- la mujer es considerada por la sociedad como el instrumento físico para traer hijos al mundo, la responsable de amamantarlos y soportarlos en la niñez y, a su vez, como la encargada de los asuntos domésticos, léase limpieza, preparar las comidas. Poco más que eso.
Desde muy pequeña, la mujer africana de las regiones contaminadas por una religión que no es natural de los nativos -el Islam-es desprovista de uno de los placeres más intensos que la Madre Naturaleza les ha regalado. Un viejo le amputa una importante porción del clítoris a los tres o cuatro años. No es sólo un crimen por el hecho de que la pobre puede morir a causa de una hemorragia si no se disponen de las condiciones sanitarias adecuadas, sino que porque es antinatural: si las mujeres nacen con tal órgano, es porque les será de gran utilidad y porque la vagina no solo existe como escape de orina y escupe bebés.
Las mujeres, con sus mentes envenenadas por oradores del Corán, están orgullosas de haber sido mutiladas sexualmente. Una mujer de la etnia peul me decía que aquel día del bisturí y el alambre de púa fue el más importante de su vida. También me recordaba que el rito de la ablación clitoridal es preislámico en la región, pero cuya aplicación se sistematizó cuando los dueños de la Verdad obligaron a los negros a punta de cañón a ponerse en cuatro patas y rezarle a Alá.
Para un individuo acostumbrado a dar placer a la mujer en la caña resulta horroroso acostarse con una mujer que no tiene aquello, o que solo tiene un mínima parte. Además, el rozamiento ya no produce placer sino todo lo contrario (de por vida). !Y lo festejan con bombos y platillos!
Recuerdo una frase de una cínica publicidad que afirmaba: "Millones de personas no pueden equivocarse".
Sí que pueden.
Sr. Tubabu
En Malí (y me dicen que también en Senegal) los niños no saludan a los extranjeros, a los que no han nacido en África, con un natural e universal "Alo" acompañado del movimiento de mano. En Malí (y me dicen que también en Senegal) los chicos dicen "tubabu" cuando advierten la presencia de un blanco. Es que "tubabu" significa justamente eso: "un blanco".
En un primer momento pensé que "tubabu" significa "hola" en bambara, la lengua más popular de la República de Malí (un territorio maravilloso en todo sentido). A raíz de ello yo también respondía con un cordial "tubabu". Claro, los pequeños se reían, algunos; otros no entendían porqué un blanco decía "un blanco". Todo ello hasta que un día decidí tomar la reveladora decisión de preguntar lo que significada. Y todo cambió.
Durante días mis neuronas estuvieron analizando este interesante e inaudito fenómeno en mi historial de viajes. Que los niños digan "un blanco" como forma de saludo o primera reacción frente a la presencia de un no-negro me resulta chocante. Esto viene a decir que en su inconsciente, desde muy chicos, ya comienzan a disgregar: yo-negro, ellos-blancos.
A todas las personas que he consultado la observación les ha resultado divertido. "No hablan francés y no saben tu nombre, por eso te dicen tubabu", opinaban unas turistas belgas. Bueno, en Nepal tampoco hablan inglés ni saben el número de mi pasaporte y, sin embargo, no me saludan diciendo "un occidental indo-europeo".
Imaginemos la situación a la inversa. Una avenida cualquiera en Reijkavick, Islandia. Unos niños de tez bien blanquita, pseudoalbina, ven como se acerca un estudiante de Ghana en solitario, indefenso ante el choque cultural: "un negro", "un negro", lo saludan. ¿Y si los chicos de una escuela neoyorquina saludasen a sus compañeros negros (los eufemismos "de color" o "morenos" son quinientas veces más racistas que decir "negros") de esa forma? Sería motivo de guerra callejera. ¿O me equivoco?
Tubabu es racismo a la inversa, pero es racismo al fin y al cabo.
Cuando estuve viviendo con las familias Fori y Gbori en Djenné, una de los pueblos santos del Islam en Malí, una mujer me bautizó como "tubabu fori-gbori". Al día siguiente, unos vecinos comentaban "a la ture deré tubabu fori-gbori...". Es gracioso, pero los jóvenes y adultos también llaman a uno como "tubabu" y, en un determinado momento, "tubabu" pierde el sentido ignorante de los niños para transformarse en "ey, idiota blanco".
En un primer momento pensé que "tubabu" significa "hola" en bambara, la lengua más popular de la República de Malí (un territorio maravilloso en todo sentido). A raíz de ello yo también respondía con un cordial "tubabu". Claro, los pequeños se reían, algunos; otros no entendían porqué un blanco decía "un blanco". Todo ello hasta que un día decidí tomar la reveladora decisión de preguntar lo que significada. Y todo cambió.
Durante días mis neuronas estuvieron analizando este interesante e inaudito fenómeno en mi historial de viajes. Que los niños digan "un blanco" como forma de saludo o primera reacción frente a la presencia de un no-negro me resulta chocante. Esto viene a decir que en su inconsciente, desde muy chicos, ya comienzan a disgregar: yo-negro, ellos-blancos.
A todas las personas que he consultado la observación les ha resultado divertido. "No hablan francés y no saben tu nombre, por eso te dicen tubabu", opinaban unas turistas belgas. Bueno, en Nepal tampoco hablan inglés ni saben el número de mi pasaporte y, sin embargo, no me saludan diciendo "un occidental indo-europeo".
Imaginemos la situación a la inversa. Una avenida cualquiera en Reijkavick, Islandia. Unos niños de tez bien blanquita, pseudoalbina, ven como se acerca un estudiante de Ghana en solitario, indefenso ante el choque cultural: "un negro", "un negro", lo saludan. ¿Y si los chicos de una escuela neoyorquina saludasen a sus compañeros negros (los eufemismos "de color" o "morenos" son quinientas veces más racistas que decir "negros") de esa forma? Sería motivo de guerra callejera. ¿O me equivoco?
Tubabu es racismo a la inversa, pero es racismo al fin y al cabo.
Cuando estuve viviendo con las familias Fori y Gbori en Djenné, una de los pueblos santos del Islam en Malí, una mujer me bautizó como "tubabu fori-gbori". Al día siguiente, unos vecinos comentaban "a la ture deré tubabu fori-gbori...". Es gracioso, pero los jóvenes y adultos también llaman a uno como "tubabu" y, en un determinado momento, "tubabu" pierde el sentido ignorante de los niños para transformarse en "ey, idiota blanco".
19 de marzo de 2007
¿Dónde está Dios en África?
In Sha´Ala (si Dios, Alá, quiere) es la muletilla del hablar de los africanos musulmanes en el noroeste africano. Cada tres frases, los mauritanos interrumpen su propio discurso para decir In Sha'Ala, a veces con sentido, otras por simple mecánica. Ocurre que en el mundo islámico, todo depende de la voluntad de Dios, acaso como en otras tantas religiones. Si hay prosperidad, gracias a Dios. Si hay sequía, por castigo de Dios. Si en África dos millones de personas se mueren al año de malaria, ¿por omisión de Dios?
El Dios de los pobres. Cuánto más pobre es la gente, más fe deposita en El Señor. Paradoja, ¿no? Justamente ellos, los más castigados, deberían odiarlo. ¡A cuánta miseria les condenó¡ Aún así, son los que más lo adoran. Incomprensible éste, el género humano.
Marembe, 95 años, habitante de Norio de Sahel, en la frontera de Malí con Mauritania, me asegura que Dios es justo y que es el hombre el que es injusto. Que si hay hambre, es porque, en este mundo, un hombre se come dos pollos y otros cero. Cierto. Ahora bien, ¿por qué Dios habrá creado un ser tan imperfecto, corrupto, prostituto, mentiroso y deshonesto para que lleve las riendas de este mundo?, le pregunto mientras sudo los 42 grados de sensación térmica (el calor afecta al cerebro). No supo contestar y cambió de rumbo. ¿Existe respuesta?
Al parecer, Dios se ha quedado sin cobertura en este continente. Por eso, debe abrir urgentemente un nueva sucursal. Ya hay millones de personas sentadas en la puerta. A 42 grados de sensación térmica, sin agua potable y infectados de pies a cabeza, hacen cola desde hace siglos.
El Dios de los pobres. Cuánto más pobre es la gente, más fe deposita en El Señor. Paradoja, ¿no? Justamente ellos, los más castigados, deberían odiarlo. ¡A cuánta miseria les condenó¡ Aún así, son los que más lo adoran. Incomprensible éste, el género humano.
Marembe, 95 años, habitante de Norio de Sahel, en la frontera de Malí con Mauritania, me asegura que Dios es justo y que es el hombre el que es injusto. Que si hay hambre, es porque, en este mundo, un hombre se come dos pollos y otros cero. Cierto. Ahora bien, ¿por qué Dios habrá creado un ser tan imperfecto, corrupto, prostituto, mentiroso y deshonesto para que lleve las riendas de este mundo?, le pregunto mientras sudo los 42 grados de sensación térmica (el calor afecta al cerebro). No supo contestar y cambió de rumbo. ¿Existe respuesta?
Al parecer, Dios se ha quedado sin cobertura en este continente. Por eso, debe abrir urgentemente un nueva sucursal. Ya hay millones de personas sentadas en la puerta. A 42 grados de sensación térmica, sin agua potable y infectados de pies a cabeza, hacen cola desde hace siglos.
La deuda negra
Existen multiplicidad de mendigos y de formas de pedir unas monedas o alimento como actos de solidaridad o altruismo entre los seres humanos, quienes según la Biblia o la Torá, venimos todos del mismo vientre. En África, el acto de estirar la mano y apuntar la mirada en los ojos del hombre blanco rico es peculiar. Como si hubiesen cursado la Licenciatura en Imperialismo del Siglo XIX en la universidad, los senegaleses, mauritanos, ghaneses, togoleños y malíes exigen, no piden, una suma de dinero en la calle.
"Deme alguna moneda. Me lo debe. Usted es responsable de mi miseria y la de todo mi pueblo. Es hora de ajustar cuentas. Vamos, apúrese por favor que debo irme a la casa de mi hermana".
El mensaje es básicamente ése, con un mayor o menor grado de violencia verbal. La solidaridad es difícilmente comprendida en este continente. Por eso jamás dicen "gracias" por la donación o el pequeño regalo. En Dakhla, Sáhara Occidental, me topé con dos senegaleses de 18 años que fueron detenidos por la policía marroquí cuando intentaban subirse a una patera que los llevase a las Islas Canarias. Les propuse invitarles a cenar, tomarse una ducha en mi hotel y llamar a sus familias desde mi teléfono móvil -uno de ellos no hablaba con su madre desde 2004- si ellos me contaban su historia con todos los detalles. No les pedía mucho, vamos. Les llevo unos seis minutos y medio entender mi intención para con ellos y, finalmente, aceptar la oferta. Jamás nadie les había estirado la mano. Jamás. Tampoco me agradecieron el gesto cuando los acompañé de regreso a la comisaria.
El pedir como sistema ante la presencia de un extranjero sí que es elaborada en los cerebros. En Malí, sin importar la edad o profesión, todos piden un regalo, un cadeau. Los gendarmes del sur de Mauritania, sin embargo, se llevan el gran premio. No piden pequeñas sumas de dinero extra por dejar pasar a los coches, como uno podría presuponer. Nada de eso. Ellos son más creativos aún: "¿No tienes algún regalito para dejarnos aquí en el puesto de control; hace mucho calor y nos aburrimos mucho?".
"Deme alguna moneda. Me lo debe. Usted es responsable de mi miseria y la de todo mi pueblo. Es hora de ajustar cuentas. Vamos, apúrese por favor que debo irme a la casa de mi hermana".
El mensaje es básicamente ése, con un mayor o menor grado de violencia verbal. La solidaridad es difícilmente comprendida en este continente. Por eso jamás dicen "gracias" por la donación o el pequeño regalo. En Dakhla, Sáhara Occidental, me topé con dos senegaleses de 18 años que fueron detenidos por la policía marroquí cuando intentaban subirse a una patera que los llevase a las Islas Canarias. Les propuse invitarles a cenar, tomarse una ducha en mi hotel y llamar a sus familias desde mi teléfono móvil -uno de ellos no hablaba con su madre desde 2004- si ellos me contaban su historia con todos los detalles. No les pedía mucho, vamos. Les llevo unos seis minutos y medio entender mi intención para con ellos y, finalmente, aceptar la oferta. Jamás nadie les había estirado la mano. Jamás. Tampoco me agradecieron el gesto cuando los acompañé de regreso a la comisaria.
El pedir como sistema ante la presencia de un extranjero sí que es elaborada en los cerebros. En Malí, sin importar la edad o profesión, todos piden un regalo, un cadeau. Los gendarmes del sur de Mauritania, sin embargo, se llevan el gran premio. No piden pequeñas sumas de dinero extra por dejar pasar a los coches, como uno podría presuponer. Nada de eso. Ellos son más creativos aún: "¿No tienes algún regalito para dejarnos aquí en el puesto de control; hace mucho calor y nos aburrimos mucho?".
9 de marzo de 2007
Sea usted bienvenido a África
Caos en el tráfico, Renault 12 destartalados, limosneros en exceso, calor intensísimo... Bienvenido sea usted a África, señor.
Mauritania es una de las puertas a la África negra, "África", según los marroquíes y argelinos, ya que ellos no se consideran miembros del mismo continente que los negritos. Incluso entre los pobres hay castas. Entre Dahla, la última población del Sáhara Occidental, y Noaudibou, el fronterizo puerto del norte de Mauritania, la diferencia entre las estéticas y las atmósferas humanas es tan grande como una explanada en la caben cinco o seis canchas del FC Barcelona (que ya es inmenso).
Consulté a un decena de mauritanos a qué hora debía dirigirme a la estación del tren Noaudibou-Zouerat (minas de hierro en el desierto) que partía a las 15 hs. Unos me dijeron que con treinta minutos era suficiente para tomar un lugar. Otros me sugirieron que fuera una hora antes. El periplo consiste en subirse a un vagón que transporta cabras y legumbres, compartir catorce o quinces tés con algún mauritano bienintencionado y bajarse equis horas después en un pueblo llamado Choum, a 600 kilómetros de la costa (para darse una idea del calor que puede llegar a hacer en ese lugar). Unos me dijeron que con treinta minutos era suficiente para tomar un lugar. Otros me sugirieron que fuera una hora antes. Lo de equis es el primer dato de interés: no se sabe a qué hora se llega. A medianoche, a las seis de la mañana o las ocho. Bien. Lo peor, es que tampoco se sabe el horario de salida. Llegué a la estación, siguiendo los sabios consejos, una hora antes, a las 14 hs.
Cuando alcanzo la estación -una pared y una ventanilla que no abre desde 1974- un hombre que estaba fumando de cuclillas me informa: "el tren ya ha pasado hace una hora y media. El próximo pasa a las 15 horas en tres días. Pero venga usted a la estación como ahora, una hora antes. Seguro que lo tomará".
El tren, en realidad, sale cuando a su conductor de le antoja.
Los aviones pueden partir tres horas antes de la salida prevista o sufrir una demora de veinte horas. De acuerdo algunas compañías, algunos clientes compran el pasaje del día 24, pero se estarán subiendo al avión del 23.
Así funciona África. Es una pérdida absoluta de tiempo realizar un plan previo, un itinerario. Aquí todo está sujeto a una lógica que, lógicamente, no es la nuestra. No se trata ni de minutos ni horas; mañanas, tardes, días o semanas. La concepción de aprovechar el día -mentalidad económica que aboga por la productividad- es absolutamente obsoleta.
El dinero reina. Consulado de Malí en Nouakchott, sensación térmica 43 centígrados. El funcionario me pide primero los veinte euros que cuesta el visado. Se los guarda en el bolsillo derecho de su pantalón. Luego abre su cajón para darme el formulario de la solicitud del visado.
Relájese y tenga paciencia. Bienvenido a África.
Mauritania es una de las puertas a la África negra, "África", según los marroquíes y argelinos, ya que ellos no se consideran miembros del mismo continente que los negritos. Incluso entre los pobres hay castas. Entre Dahla, la última población del Sáhara Occidental, y Noaudibou, el fronterizo puerto del norte de Mauritania, la diferencia entre las estéticas y las atmósferas humanas es tan grande como una explanada en la caben cinco o seis canchas del FC Barcelona (que ya es inmenso).
Consulté a un decena de mauritanos a qué hora debía dirigirme a la estación del tren Noaudibou-Zouerat (minas de hierro en el desierto) que partía a las 15 hs. Unos me dijeron que con treinta minutos era suficiente para tomar un lugar. Otros me sugirieron que fuera una hora antes. El periplo consiste en subirse a un vagón que transporta cabras y legumbres, compartir catorce o quinces tés con algún mauritano bienintencionado y bajarse equis horas después en un pueblo llamado Choum, a 600 kilómetros de la costa (para darse una idea del calor que puede llegar a hacer en ese lugar). Unos me dijeron que con treinta minutos era suficiente para tomar un lugar. Otros me sugirieron que fuera una hora antes. Lo de equis es el primer dato de interés: no se sabe a qué hora se llega. A medianoche, a las seis de la mañana o las ocho. Bien. Lo peor, es que tampoco se sabe el horario de salida. Llegué a la estación, siguiendo los sabios consejos, una hora antes, a las 14 hs.
Cuando alcanzo la estación -una pared y una ventanilla que no abre desde 1974- un hombre que estaba fumando de cuclillas me informa: "el tren ya ha pasado hace una hora y media. El próximo pasa a las 15 horas en tres días. Pero venga usted a la estación como ahora, una hora antes. Seguro que lo tomará".
El tren, en realidad, sale cuando a su conductor de le antoja.
Los aviones pueden partir tres horas antes de la salida prevista o sufrir una demora de veinte horas. De acuerdo algunas compañías, algunos clientes compran el pasaje del día 24, pero se estarán subiendo al avión del 23.
Así funciona África. Es una pérdida absoluta de tiempo realizar un plan previo, un itinerario. Aquí todo está sujeto a una lógica que, lógicamente, no es la nuestra. No se trata ni de minutos ni horas; mañanas, tardes, días o semanas. La concepción de aprovechar el día -mentalidad económica que aboga por la productividad- es absolutamente obsoleta.
El dinero reina. Consulado de Malí en Nouakchott, sensación térmica 43 centígrados. El funcionario me pide primero los veinte euros que cuesta el visado. Se los guarda en el bolsillo derecho de su pantalón. Luego abre su cajón para darme el formulario de la solicitud del visado.
Relájese y tenga paciencia. Bienvenido a África.
Sáhara Francófona
El castellano depurado y sintácticamente correcto con el cual Bashir, de 80 años, me habla durante la caminata por la calle principal (la ruta) de Tarfaya ha sido aprendido con un fusil en la mano durante la Guerra Civil española. El sabio, partidario del Mal, fue recultado por las tropas del General Franco en mayo de 1936. "Yo fui uno de los primeros soldados que entró a Madrid", me dice al oído, a paso rengo. El Sahara Occidental formaría parte del protectorado español, hasta 1975, y como consecuencia de la ocupación, decenas de miles de saharaius hablan español de tú a tú.
Bashir me obsequió algunas frases endemoniadas ya escuchadas. "Franco fue un hombre muy valiente". "Salvó a España del comunismo". "Los comunistas no creen en Dios; eso es muy malo". Después de la guerra vivió tres años en la Islas Canarias, ubicadas a 80 kilómetros de Tarfaya, la distancia entre la obesidad y la hambruna, y luego regresó al desierto para ganarse la vida como cartero. Cuenta que mató a muchos milicianos repubicanos. No se arrepiente de nada.
En la otra orilla, una familia saharaui de El Aioún, la capital del Sáhara Occidental -hoy controladada por miles de uniformados marroquíes- me narra su historia. Faradji Ben Mohamed y Mohamed Ben Faradji, abuelo y padre de Iadjí (mi guía en esta oportunidad), fueron detenidos en 1956 por las tropas secretas franquistas por una presunta, pero jamás comprobada, relación con los grupos independentistas del Sahara. Después de dos años entre rejas, los dos saharauis fueron devueltos a casa, en El Aioún, como trapos de piso. Los dos fallecieron junto a sus seres queridos al cabo de dos años.
Hoy la familia Rasma reclama una indemnización al Gobierno español. Los dos capturados, en ese entonces, eran ciudadanos de una provincia española y, según los abogados, merecen igual consideración que los hijos de las víctimas del franquismo que hoy cobran una interesante paga. Sin embargo, es difícil imaginar a una adminstración en Europa abonando euros en cuentas bancarias de hombres o mujeres que hablan árabe y que comen el delicioso cus-cus con la mano.
Bashir me obsequió algunas frases endemoniadas ya escuchadas. "Franco fue un hombre muy valiente". "Salvó a España del comunismo". "Los comunistas no creen en Dios; eso es muy malo". Después de la guerra vivió tres años en la Islas Canarias, ubicadas a 80 kilómetros de Tarfaya, la distancia entre la obesidad y la hambruna, y luego regresó al desierto para ganarse la vida como cartero. Cuenta que mató a muchos milicianos repubicanos. No se arrepiente de nada.
En la otra orilla, una familia saharaui de El Aioún, la capital del Sáhara Occidental -hoy controladada por miles de uniformados marroquíes- me narra su historia. Faradji Ben Mohamed y Mohamed Ben Faradji, abuelo y padre de Iadjí (mi guía en esta oportunidad), fueron detenidos en 1956 por las tropas secretas franquistas por una presunta, pero jamás comprobada, relación con los grupos independentistas del Sahara. Después de dos años entre rejas, los dos saharauis fueron devueltos a casa, en El Aioún, como trapos de piso. Los dos fallecieron junto a sus seres queridos al cabo de dos años.
Hoy la familia Rasma reclama una indemnización al Gobierno español. Los dos capturados, en ese entonces, eran ciudadanos de una provincia española y, según los abogados, merecen igual consideración que los hijos de las víctimas del franquismo que hoy cobran una interesante paga. Sin embargo, es difícil imaginar a una adminstración en Europa abonando euros en cuentas bancarias de hombres o mujeres que hablan árabe y que comen el delicioso cus-cus con la mano.
2 de marzo de 2007
1 de marzo de 2007
Te invito a mi casa
No me dijo ni "hola" ni "buenas tardes". Apenas bajé del bus que me transportó desde Guelmin hasta Tan-tan, en la puerta del desierto del Sáhara, una estudiante de Historia de 22 años, velada de pies a cabeza, esperó a que me acomodase la mochila en mi espalda y se lanzó: "Te invito a mi casa. Así paras allí esta noche. ¿Quiéres venir?". Dudé un instante. Pero como principio de dejarse llevar en este tipo de circunstancias, sumado a una incondicional confianza en mi olfato dije que sí. A decir verdad acepté el convite sólo por el valor que tuvo en el ofrecimiento. A estas alturas, valoró el valor como pocas otras cosas. Sin duda, este es un mundo de cagones.
Vaya curiosidad. En Marruecos tuve la fortuna de convivir con tres familias a las cuales no les caben adjetivos de florecimiento. Pero por cada corazón abierto magrebí, otros tantos muchachines presentan problemas al visitante. Casualmente, siempre vinculados con el dinero.
En Casablanca, un virtual estudiante de fotografía (el profesional hijo de puta tenía tarjetas de agencias de fotografía de los siete mares) me enredó para que lo invitase a un café y le prestase tres dólares para que llamase a su presunta hermana a Francia. En teoría, a él le faltaba el código para retirar una remesa en Western Union. Cuando cruzamos al vendedor ambulante de cigarrillos sueltos -una institución fundamental de Marruecos, sobre todo durante los partidos de fútbol- se gastó el único dirham que tenía en tabaco. Confieso que me han engañado. En Fez la historia fue diferente. Aunque el balance, creo, termino a mi favor: un guía falso de la Medina de aquella ciudad me invitó siete cervezas en su habitáculo, al pie de la calle. Luego, en un prostíbulo maloliente de la Ville Nouvelle, él me dejo pagando su cerveza y la de su amigo. Confieso que me han engañado (II).
En la misma Fez fui invitado aun hogar narroquí por primera vez. Le consulté a una preciosa chica de 17 años -no sean malpensados, que aquí rige la ley coránica- dónde quedaba equis sitio. Dos minutos de conversación le fueron suficientes a la colegiala para tomar confianza y abrirme la puerta. Se trata de la hija del sabio Abdel Latif (ver entrada anterior, "Conversación con Abdel Latif"). El tercero fue Khalid, un nuevo inmigrante en la España multicultural. Ya debe estar duchando animales en la España más españolista. Trabajó cinco años en las alturas del Atlas para poder comprar una oferta de trabajo. 9.000 euros le costó un pedazo de papel con el milagroso sello y firma del miserable gestor de extranjería (¿Quién dijo que en Europa no hay corrupción?).
La noche de Tan-Tan dormí en el suelo y el pan me produjo dolor de barriga. Nada, de todas formas, me quitó la satisfacción de poder palpar la vida cotidiana autóctona.
Los anfitriones, una lección de vida. No distingo ya quién representa al bárbaro y quién el civilizado en este indescifrable mapa mundi.
Vaya curiosidad. En Marruecos tuve la fortuna de convivir con tres familias a las cuales no les caben adjetivos de florecimiento. Pero por cada corazón abierto magrebí, otros tantos muchachines presentan problemas al visitante. Casualmente, siempre vinculados con el dinero.
En Casablanca, un virtual estudiante de fotografía (el profesional hijo de puta tenía tarjetas de agencias de fotografía de los siete mares) me enredó para que lo invitase a un café y le prestase tres dólares para que llamase a su presunta hermana a Francia. En teoría, a él le faltaba el código para retirar una remesa en Western Union. Cuando cruzamos al vendedor ambulante de cigarrillos sueltos -una institución fundamental de Marruecos, sobre todo durante los partidos de fútbol- se gastó el único dirham que tenía en tabaco. Confieso que me han engañado. En Fez la historia fue diferente. Aunque el balance, creo, termino a mi favor: un guía falso de la Medina de aquella ciudad me invitó siete cervezas en su habitáculo, al pie de la calle. Luego, en un prostíbulo maloliente de la Ville Nouvelle, él me dejo pagando su cerveza y la de su amigo. Confieso que me han engañado (II).
En la misma Fez fui invitado aun hogar narroquí por primera vez. Le consulté a una preciosa chica de 17 años -no sean malpensados, que aquí rige la ley coránica- dónde quedaba equis sitio. Dos minutos de conversación le fueron suficientes a la colegiala para tomar confianza y abrirme la puerta. Se trata de la hija del sabio Abdel Latif (ver entrada anterior, "Conversación con Abdel Latif"). El tercero fue Khalid, un nuevo inmigrante en la España multicultural. Ya debe estar duchando animales en la España más españolista. Trabajó cinco años en las alturas del Atlas para poder comprar una oferta de trabajo. 9.000 euros le costó un pedazo de papel con el milagroso sello y firma del miserable gestor de extranjería (¿Quién dijo que en Europa no hay corrupción?).
La noche de Tan-Tan dormí en el suelo y el pan me produjo dolor de barriga. Nada, de todas formas, me quitó la satisfacción de poder palpar la vida cotidiana autóctona.
Los anfitriones, una lección de vida. No distingo ya quién representa al bárbaro y quién el civilizado en este indescifrable mapa mundi.
22 de febrero de 2007
Conversación con Abdel Latif
1) La liberalización de la mujer. El cambio de su vestimenta y de su apariencia (cierto).
2)La desobediencia de los hijos respecto a sus madres (sin lugar a dudas en España).
3)La construcción y/o edificación desmesurada en detrimento de la naturaleza (cierto a escala global).
4)La emancipación de la mujer. Su cambio de conducta y liderazgo en el ámbito familiar (discutible pero evidente la progresión de la mujer en la actualidad).
5)Los pobres incultos que descienden de la montaña y rápidamente se hacen ricos en la Medina, el núcleo urbano (al parecer, en este punto fue en el momento justo cuando Mahoma se tomó un litro de ron para luego prohibir tajantemente el consumo de alcohol entre los musulmanes; aunque la idea tiene algo de cierto en el presente).
6) Elevado desarrollo tecnológico, modernización (incuestionable y trasladable a la autodestrucción mediante las bombas atómicas, las que sí existen, y las guerras desenfrenadas)
7)Cuando el sol de pone por Occidente y se oculta por Oriente (alcanzado ese punto, las vacas vuelan y el acabóse).
Según cómo se lo mire, estos siete signos del fin de este mundo puede considerarse un manual de conducta para evitar el desastre. Coerción. Sobre todo, que la mujer debe quedarse en casa cocinando con la totalidad de su silueta oculta -no sea cosa de despertar las inquietas hormonas sexuales de su pareja cuando no corresponde-, utilizando utensillos del paleolítico, en una choza construida con ramas de palmera y con sus hijos atados a un árbol, sometidos a latigazo duro, para que le hagan caso. Y si al señor Sol se le ocurre salir por el oeste, que los habitantes de la costa del Océano Pacífico se vayan preparando para desayunar a las 9 de la noche.
Abdel Latif insiste. Mahoma habría descrito un fenómeno anormal. En un mar salado, un río de agua dulce divide las aguas. Abdel luego añade que el explorador marítimo Jacques Cousteau encontró tal irregularidad en una de sus expediciones. Busco en Internet esta información en fuentes que podrían confirmar este fenómeno. Todas hablan de que "podría tratarse de una coincidencia con la palabra de Mahoma". Fe versus Razón. La creencia por necesidad y lo verificable. Asunto zanjado. Cada cual a lo suyo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)