29 de agosto de 2007
Absurdo fútbol de un miércoles a las 14 horas
Como alguna vez fue mi sueño, después de haber presenciado un partido de fútbol me siento frente a un teclado (claro que, antes, lo imaginaba en una grande y barullosa redacción). A pocos seres humanos en la faz de la tierra se les puede ocurrir que un partido oficial profesional, con público, a cielo abierto, sea disputado un miércoles laborable a las 14.10 horas. Esos pocos habitan en esta latitud y longitud del Cono Sur: arguyen motivos de seguridad para semejante salvajada. Tal absurdo atrevimiento me incitó a acercarme al Estadio Monumental para seguir en carne. No fui el único. Al parecer, la afición riverplatense no encuentra trabajo, o no le interesa trabajar (efectos no deseados de los "Planes familia" o "Planes trabajar" del Estado) o, en su defecto, son todos patrones. Una de tres. Si no, alguien que me explique ¿cómo han hecho 25 mil personas para escaparse de sus obligaciones a mediodía, en pleno trabajo, y darse el lujo de seguir River-Estudiantes tomando sol a cuatrocientos metros del Río de La Plata? Buena pregunta, ¿no?
River marcha penúltimo en el torneo y su equipo juega bastante mal, según la prensa especializada. Yo observo que el monumental estadio no dispone instalaciones cómo debería, la institución tiene un pasivo de millones y su Borrachos del tablón -pese a que el hormigón lo reemplazó hace años en las canchas de Primera División- se mandan a matar por dinero y poder (todo un clásico). Su archirival, Boca Juniors, tiene una economía algo más saneada, el estado de su estadio es envidiable y este cuadro obtuvo cinco títulos continentales y dos intercontinentales más que River. A lo que se debe añadir que la hinchada de Boca, de media, lleva unas 10 mil personas más por partido que los de Núñez y el seguimiento de los medios de comunicación es ligeramente superior. Pese a ello, en el tablero electrónico de River se jacta de ser "El más grande, lejos". Lejos, por supuesto. Condición sublime les otorga la suficiencia a sus autoridades de cobrar el 5% del sueldo base en este país para ingresar al estadio a quienes no pagan la cuota mensual del club. Reitero: miércoles laborable a las 14.10 horas. Otro absurdo. ¿Acaso hay algo racional o racionado en el mundo del fútbol? Qué ingenuo soy.
El operativo de control lleva a cabo un partido homenaje a la torpeza. En la avenida Udaondo, una de las principales vías de acceso al estadio, un cordón policial cachea a los hinchas. Si uno se desvía una cuadra barrio adentro, el vallado de la Policía Federal no existe. Antes de ingresar en a cada tribuna, existe otro cacheo, no obstante. La intensidad del manoseo del agente es inversamente proporcional a la cantidad de personas que se encuentran detrás de uno, ávidos de volver a ver la postal del verde chato 3D y las tribunas semivacías en perspectiva interior.
Irritado por los elevados precios, intento infiltrarme en la tribuna visitante, la de Estudiantes, porque, sencillamente, es más barata. Y en la popular local, junto a los Borrachos del tablón, ni borracho: con aquel grupo de hinchas no comparto ni los cantos ni los escalones. No se los debe apoyar ni de esa forma. No hay suerte, al fin y al cabo, ya que no puedo instalarme en la bandeja visitante, puesto que las entradas sólo se vendían en la sede de ese club en La Plata. No queda otra, entonces, de regresar a las boleterías y desinflar la billetera. Compro un ticket en la tribuna Centenario, debajo de la tribuna a la cual pretendía ingresar. Y a casi 200 metros de los individuos que extorsionan a los otros hinchas pidiendo limosna"para aguantar los trapos". Luego, eso sí, se los ve en el Cerro Catedral de Bariloche gastando 150 dólares por día. No formaré parte de eso de ninguna manera. Grité los goles de River, lo confieso, por arrastre e inercia. Pero pensado en esta gente, hasta quizás no hubiese compartido ni el grito.
"Tuzzio no juega, porque anoche le agarro fiebre", le comenta a mi lado una chica de 15 años a otra, las dos fanas de River. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso llamó al teléfono privado a la mujer del defensor de River la noche anterior? Otro personaje tópico del fútbol insulta al árbitro por no estar de acuerdo con sus determinaciones en el campo de juego. Aún cuando un jugador con camiseta de River golpee un trompazo en la nariz a un contrincante a la vista de todos, la expulsión será la más injusta de todos los tiempos. Se ve lo que se quiere. Aún más, en algunas ocasiones, su mente les hace saber que la pelota del delantero rival se fue junto al palo cuando, en la realidad perceptiva, fue gol del otro equipo.
El carrilero derecho de Estudiantes, por su parte, había jugado en Boca. Para los hinchas millonarios, aquello es imperdonable y merecedor de un destierro junto a Lucífer en la Eternidad. Igual da si este muchacho es buena gente, si es solidario con la sociedad o si cumple su trabajo con honestidad y nobleza. Por siempre será un "bostero hijodeputa y boliviano". Salvo que, algún día, este muchacho juegue en River y tenga éxito. Para entonces, en cambio, le lloverán flores y aplausos.
Estas circunstancias, en cualquier otro contexto, semblarían ridículas y absurdas. Como un recital de música sin sonido.
Comienza el partido a las 14.12, luego que desde lo alto de una tribuna el operador de la TV diera el okey a los asistentes del árbitro. Diez jugadores se avalanzan de forma simultánea hacia el balón. Saco la entrada de mi bolsillo y la vuelvo a mirar. Sospecho que podía haberme equivocado de deporte. Aquello, más bien, se asemejaba al rugby o fútbol australiano.
A los cuatro minutos, Estudiantes se adelanta en el marcador con un implacable cabezazo de su delantero interior. Tan contundente fue el testarazo que hasta lo pude escuchar, a unos cincuenta metros de la jugada. "Hijodeputa deja de robar", le gritó un hincha a Ariel Ortega, ídolo, a quien había vitoreado apenas salió del campo. "Andate, Daniel", exclaman a mis espaldas. Era un anciano que había derramado llantos de alegría cuando Daniel Passarella había alcanzado los títulos en la Selección argentina como jugador y en River, en este caso en el mismo campo y también como director técnico. Vaya injusticia. Este anciano, infectado con la popular amnesia selectiva del fútbol, recuerda las fechas de cada partido (hasta los entrenamientos) de River en los últimos 50 años. Y hasta puede precisar que "aquel día contra Barracas, en el 59, ganamos 7-0. Cinco de Moreno y dos de Lousteau. Ese día hizo frío y llovió mucho".
El seguir el equipo de sus amores le dio cohesión a su vida. Le organiza las semanas, le estructura sus tiempos mentales. Como me dijo una vez el fallecido periodista Juan Zuanich (un gran ser humano y ocurrente periodista) en la redacción de Olé: "La gente común no dice que tiene 40 años. La gente dice: 'yo viví diez Mundiales de fútbol'". Eduardo Galeano, Mario Benedetti y Juan Villoro, entre otras voces intelectuales de la pelota en América Latina, podrían afirmar lo mismo con orgullo. En Europa, por contrapartida, el fútbol es una práctica vulgar, coloquial. Aquel que ose comentarla será contaminado por los vicios de las muchedumbres, se piensa.
Pensándolo bien, qué aburrida y monótona podría ser la vida de millones de argentinos (y otros tanto en el mundo, desde ya) sin el fútbol. Sin el levantar la cabeza e imaginar el próximo partido de su equipo, con independencia del último resultado. La ilusión revive cada semana. El juego en sí, de lo mal que se juega a agosto de 2007, ya no divierte a nadie, reconozcámoslo. Potrero, ausente. Técnica, ausente. Elegancia, ausente (más vale volver a ver los vídeos de Platini, Francescoli o Zidane). Pizarras, ¿ausentes? Sin embargo, a 130 años de su creación, el football divierte y entretiene porque no es más que una "dinámica de lo impensado" (antología de textos recopilados por el periodista Dante Panzeri). Meses de trabajo o millones de dólares invertidos para que, luego, un petizo, rengo y disléxico consume el triunfo ajeno mediante una pifia en el último minuto del tiempo añadido.
La hinchada de River juega su propio partido de espaldas al campo. Sus cánticos poéticos hacen referencia, siempre, al propio equipo en su sentido abstracto y a las hinchadas rivales (el 90%). El resultado parecería no importarles. El orgullo recae en "tener aguante", "tener huevo" y correr a los otros barras sin ser corridos. Recuerdo que la primera vez que fui a la cancha de Boca como simpatizante de River, "mi equipo" (yo no jugué) fue apalizado por el del entonces capitán Diego Maradona (4 a 1 en junio de 1996). No obstante, uno de los muchachines con los cuales compartí la odisea al barrio de La Boca se fue extrañamente alegre de La Bombonera. "Los de River cantaron mucho más -me dijo-. El partido lo ganamos nosotros".
River derrotó hoy 4 a 2 a Estudiantes. Escribo estás líneas al mismo tiempo que los periodistas completan las páginas de Deportes en las redacciones. Fue un espectáculo entretenido y de suerte cambiante sobre el final. Hay quien dirá que los últimos minutos fueron un "auténtico infarto" (yo no he visto morir a nadie en el césped) y que "River salió de la crisis con su primer triunfo en el torneo, lo que, al mismo tiempo, dio un respiro a su cuestionado entrenador, Daniel Passarella". Los absurdos me vuelven a retorcer esta tarde. En mi caso, titularía así:
"El Gobierno continúa manipulando los índices de desocupación: 25 mil personas se congregan en un estadio de fútbol a las 14 horas de una jornada laborable"
24 de agosto de 2007
Estamos Unidos

Fuera de América Latina, el término América es exclusivo para referirse a los United States of América. Los americanos son ellos, los yanquis, los gringos. Un documental americano, dicen en España o en Francia, es un documental producido en EE.UU., ni en Guetemala ni en Perú ni en Uruguay. The american way of life, The american pie (un film que denosta la inadjetivable cultura de esta gente hoy). Todo es americano, sin ningún tipo de aclaraciones. ¿Para qué? Américo Vespucio fue uno de los primeros aventajados que dio cuenta que las naves de Colón no habían llegado a Las Indias orientales, las tierras de las ansiadas especias por los banqueros de Toledo, sino a otro enorme pedazo de corteza terrestre. Los del norte de América se apropiaron del término -acaso como todo-, al extremo que el resto de los americanos deben rotularse latinoamericanos, centroamericanos, sudamericanos o lo que fuere. Americanos son sólo ellos. En Australia o Senegal, si no, no se entendería. Nos han obligado a asumir esta particular derrota.
La Historia en Occidente comenzó mucho antes que existiese un estado moderno EE.UU. Es un alivio. Revisar los libros de las edades Antigua y Media y no encontrar referencia alguno sobre un pueblo hegemónico, organizado con armas sofisticadas, osado y esquisofrénico por dominarlo todo en el norte de América. Hubo otras formas de poder, otra explotación, pero no perpretada por los actuales patrones. La bibliografía del siglo XX ya se comienza a idolatrar a la ciudad de Nueva York como a ninguna otra. Mal asunto. Londres y París fueron desplazadas como los epicentros de la cultura, las artes y la ciencia. Una pena. La Historia se desplazó geográficamente.
Pero el asunto viene a que tenemos un desconocimiento muy grande de cómo los usos, hábitos y creencias de los americanos del norte se instalaron como residentes en nuestros sistemas, acaso como un caballo de troya informático. De un modo inconsciente y progresivo, las estéticas, formas de hablar o aspiraciones en la vida de los de arriba se han impuesto por sobre un importante sector de las sociedades del resto del mundo occidental. Son un referente invisible para todo: aún culturas europeas anteriores a la estadounidense son envenenadas. Aún París está contagiada de las postales del show, el entretenimiento barato, la pereza intelectual.
¿Qué decir de las vestimentas? ¿Qué decir del rap, el hip-hop, Hollywood, Coca-Cola? Aclaración: una cosa es comer una salsa de Malasia, otra, muy diferente, es pensar como los habitantes de malasia.
Decía Madonna, hace cuatro años, en una entrevista a una revista londinense. "¿Si elijo entre Nueva York o Londres? Bueno, los ingleses quieren, sobre todo, disfrutar de la vida al menor costo. Los americanos, por su parte, están pensando todo el tiempo en cómo hacer mucho dinero y ser famosos".
Hacer mucho dinero y ser famosos. ¿Cuántos jóvenes se presentan a los castings de reality shows u otros concursos de la televisión fuera de los Estados Unidos?
Madonna es un estandarte de la mencionada cultura, pero no es tonta. Algunas cosas ve. Casualmente, yo noté en su última gira que durante el concierto (lo vi por televisión), cada tema tenía una escenografía, coreografía y actores diferentes. Cada bendito tema (un presupuesto descomunal). La música era secundaria. Michael Moore, el periodista que mete las narices donde los políticos de su país no desean, cae también en aquel fantasma invisible de lo american. Se jacta en sus informes de la miseria del sistema político de EE.UU., así como ciertas falencias del american way of life. Sin embargo, este monstruito roedor de los cinco continentes también se lo merienda a él. Su forma de narrar sus documentales, las estéticas que utiliza, el afán por la espectacularidad... Es muy americano. I'm sorry.
Confieso que soy un mendigo del cine europeo independiente, preferentemente anterior a los años 90. No puedo, no puedo más, con las series y las películas estadounidenses de últimas facturas. Salvo excepciones -quién dejaría de ver a Al Pacino o Robert de Niro-, pero en su gran mayoría, ya no soporto ni el acento del inglés americano de ciertos actores y actrices de Hollywood. Me enerva. Los he dejado, quizás sin vuelta atrás, porque quiero pensar, me gusta pensar. Me gusta que me hagan pensar, ante todo.
Hace unos días revisaba los canales que incluye el sistema de televisión por cable argentino. El 80% son señales de Estados Unidos, de series o largometrajes made in USA o de empresas latinas que transmiten desde Miami, Atlanta o Los Angeles. El resto de emisiones dependen de alguna forma u otra de capitales norteamericanos. ¿Alguna vez comprenderán que el béisbol o el fútbol americano -otra vez- nos resultan prácticas deportivas propias para la tontería o una buena siesta?
No todos callan. Una productora independiente de cinematografía en la Argentina se denomina Grupo Mascaró, Cine americano. No es una ingenuidad; es pura intencionalidad en el membrete. Y, debo confesarlo, hacen cine americano propiamente dicho. Pero del bueno. Tuve que utilizar mi neuronas durante la proyección. Gracias.
21 de agosto de 2007
Escucho voces auténticas
Sí, en cambio, cantan por amor al arte. Sí ensayan a cambio de 0 (CERO) dólares (al menos hasta ahora). Sí se ríen cuando sienten la risa o gritan cuando se les viene en gana. Sí son humildes frente al público. Sí entienden lo que es un espectáculo de calidad. Sí entienden que su séquito, por más menudo que fuere, no es idiota confeso. Sí tienen un sentido colectivo de la producción artística -son seis voces-. Sí dividen las maderas del escenario de forma equitativa. Sí saltan pese a que sus tetas midan más de los parámetros preferidos por las agencias de modelos. Se trata, en cuestión, de un auténtico grupo musical, el sexteto de murga La Percanta (Escucho voces).
8 de agosto de 2007
52-horas-tren-India
Rishikesh, India, diciembre de 2003. Damián no se percató cuando la arrugada mano de aquel madrugador pescador indio cogió nuestro bolso y así perdí mi cámara fotográfica y un estimadísimo pantalón de baño. Habíamos decidido dormir en aquella playa de ensueño para despertarnos frente al brillo cegador del Mar arábigo. Unas palmeras de tronco grueso y de una extraña sabia color naranja escoltaban esa porción de arena trágica y mágica. Una barca abandonada era el testimonio de la continua presencia humana en la desolada costa del norte de Varkalá, un cliché del tour de todo extranjero que visita el sur de la India como un pájaro que picotea de nido en nido.
El hurto me enfadó. Sospeché que el autor podría haber sido el hombre que la tarde anterior nos había engañado con sus buenas intenciones convidándonos con un cigarro de hierbas autóctonas. La profecía resultó cierta. Unos lugareños nos habían advertido que había que tener mucho cuidado con los indios de origen musulmán. En la zona del hurto, casualmente, no frecuentaban indios de confesión hindú. Quedé, pues, sumido en una honda frustración porque, hasta el momento, los anfitriones se habían comportado como unos auténticos Señores. Era impensado que nos pudieran robar en la hospitalaria y respetuosa India, pero pasó. Es lo que los viajes enseñan a uno: la picardía, la envidia y la necesidad son universales.
El tren Ernakulam-Nizzamudin Express partía a las 18.30. La inútil denuncia que había hecho en la comisaría local (un agente redactó el acta del robo en una hoja que recogió sin escrúpulos del pegajoso suelo, pisoteada y resquebrajada) nos había demorado en demasía. Además, tuve que tomarme otro rato para encontrar una nueva cámara de fotos decente para disparar nuevos recuerdos durante la travesía. No iba a ser cosa de atravesar la India, recorrer tres mil kilómetros desde el vértice sur al norte, presenciar atardeceres de soles obesos y noches de lunas raquíticas sin una captadora de eternos momentos en mis manos.
La barba desarreglada y abandonada de Damián sudaba la gota tropical. Mi copiloto de una travesía de seis meses titulada “Asia (lo desconocido)” en mi diario de viaje me aguardaba en la estación. Estaba un tanto nervioso. La hora de salida le ahorcaba y yo no regresaba. Deseábamos abandonar la selva de Keralá para emprender viaje a Agra, el hogar del Taj Mahal. Debíamos, sí o sí, tomar ese tren. De lo contrario, podíamos demorarnos otra semana en conseguir dos billetes en la Sleeper Class para alguno de los destinos principales del norte indio. Vale explicarlo: conseguir un sitio disponible en esa clase es harto complicado en un país de más de mil millones de habitantes. En la India, todos los autobuses viajan abarrotados. Todos los trenes funcionan siempre llenos, los de corta distancia y lo de larga también. Jamás uno encuentra un bendito lugar vacío que sonría. Ni siquiera el del acompañante del conductor del autobús, un privilegiado sitio reservado a algún amigo o familiar del chofer.
Los indios se dirigen desde un sitio hacia otro sin detenerse. No pudimos averiguar para hacer qué. La cuestión es ésa, moverse, alejarse de la masa, distinguirse de la masa.
Cuarenta dólares me rescataron del problema de la cámara (me compré otra barata) y por fin tomamos el tren. La adrenalina fue en vano. Como suele ocurrir en la India, los trenes parten con retraso de forma habitual, casi sistemática. La red ferroviaria consta de miles de kilómetros de carriles embarnizadas de excrementos y residuos (las letrinas desembocan en las vías), cientos de trenes que enlazan incalculables pueblos y ciudades de esa gigantesca geografía.
A las 17.30 de un soporífero y asfixiante sábado de otoño indio comenzó el viaje más largo que Damián y yo habíamos experimentado en nuestras cortísimas vidas. Uno podría imaginar la diversidad de cosas para hacer entre un sábado por la tarde y un lunes por la noche. Damián y yo, sin embargo, siempre estuvimos dentro de aquel tren. Cincuenta horas de paciencia, reflexión. Cincuenta horas de contacto con los otros, esos seres que habían nacido a miles de kilómetros de distancia... Individuos que piensan y se comunican en una lengua totalmente ignorada, ajena e incomprendida por dos argentinos. Nombres y apellidos de carne y hueso que adoran unas divinidades que poco pueden equipararse al Dios de las escrituras sagradas de las religiones monoteístas de Occidente.
La Sleeper Class, una categoría provista de cuchetas de cuero celeste empolvadas, nos cobijó durante la odisea. La cama de Damián y la mía daban al pasillo corredor. Fue el infortunio del azar que impera en un contexto de mil millones de habitantes. Mientras que las otras seis cuchetas situadas frente a las nuestras fueron ocupadas por un grupo de profesores que vivían en la costera ciudad de Mangalore. En aquella ciudad de escaso interés turístico se había incorporado en mi archivo de imágenes una cruda postal de dos enanos deformes sin brazos ni piernas, quienes pedían a grito desesperado una humilde limosna desde una acera situada en medio de una ancha avenida.
De súbito nos amigamos con el equipo de docentes. Como es costumbre, el primer contacto con un indio implica para el visitante una serie de preguntas de rigor con una sana curiosidad. “¿Cuál es su país?, “¿Cómo te llamas?”, “¿Qué edad tienes?” “¿De qué trabajas?”, “¿Te gusta la India?”, interrogan mediante un inglés improvisado, agramatical. Eran las cinco preguntas, y en idéntico orden, que respondíamos una y otra vez. A Damián ya le agobiaba este trabajo protocolario. Yo, en cambio, respondía a gusto. Como acaso lo había hecho con el funcionario de la aduana del aeropuerto de Bombay que me había dado, a puro orgullo, la bienvenida a su país.
Thrisur, Coimbator, Erode, Salem, ¿Cuál es tu país?. Diez horas de viaje vividas. Cuarenta por vivir.
Una mujer de unos treinta años y su hijo viajaban en las cuchetas contiguas del vagón. El pequeño indiecito no pudo pegar un ojo en todo la longeva noche. Su progenitora sacrificó su propio descanso para consolarle. Eran las dos o las tres de la madrugada. Un carnaval de ronquidos, inhalaciones y exhalaciones retumbaban más alto que el mismo sonido del roce metálico del tren y las vías. Observé durante unos minutos a la madre mientras compartía la peste del insomnio con el pequeño. La mujer, que llevaba un vestido largo de colores penetrantes, me devolvió la mirada y en voz silenciosa y una envidiable amabilidad me preguntó desde su cama:
—¿Puedo iniciar una conversación con usted?
—Por supuesto que sí —le respondí—.
—¿Cuál es su país?
El tren se detenía cada hora, hora y media. Cuando alcanzamos Katpadi los despertadores se encendieron. Los gritos amplificados de “Isitaa vara varé, varé”, “Chaaa, chaaa, chaaa” no cesaron a centímetros de mi oreja derecha, rendida al pasillo del vagón. El té con leche indio y el nombre de otros productos alimenticios vernaculares difíciles de memorizar se repetirían durante minutos y, por desgracia, durante todo el viaje. Damián estaba incrédulo. Con su pasional acento argentino increpó a la multitud: “Déjenme dormir, por favor”. Digo multitud porque, además de nuevos pasajeros, sus familiares, y vendedores ambulantes, habían subido al vagón otras treinta personas sin motivo aparente.
Juegos de cartas, lecturas sobre legendarias proezas de yoguis indios, diálogos redundantes. La plasticidad del tiempo comenzaba a pesarnos. Nos aburríamos. Los profesores nos invitaban a que nos sumásemos a su indescifrable cultura lúdica. A la hora de la siesta del domingo, aunque siempre podía ser la hora para un descanso, nuestros vecinos comenzaron a reír. Lógicamente, Damián Low y yo no comprendíamos más que el saludo namaste. Entre las carcajadas, de pronto, uno de ellos dijo:
—Cutursi Damianlo’.
Mi compañero de viaje no lo oyó, yo reí. Luego no les pregunté qué habían dicho. Preferí imaginar qué mitos o cuáles fantasías sobre esos extraterrestres suramericanos se estaban montando. Reí mucho. Ellos más. Al mismo tiempo, me asomé en una de las ventanas y contemplé el atardecer. Nunca había visto un sol tan grande, tan encendido. Se asemejaba a un ocaso simulado por ordenador, cercano a la imaginaria perfección. Pero era cierto: yo estaba ahí, en el ecuador de la India, y la fuente de luz era fuente de luz.
El lunes a primera hora de la mañana el ritual se volvió a repetir. Esta vez ya estábamos preparados. Damián, orgulloso de su perspicacia germinada en el Río de La Plata, me miró desde su cucheta superior y me susurró: “Esta vez no nos joden”. El bis de las ventas al por mayor incluso me agradó. Presté suma atención a los cánticos, para constatar si coincidían con los del día anterior. Así fue. La misma musicalidad, el mismo chai pasado de leche, la misma indigestión.
Thrisur, Coimbator, Erode, Salem, Katpadi, Renigunta, Viajayawada, Warangal, Nagpur, Itarsi, Bhopal. ¿Cuál es tu país? Isita vara varé. Damianlo’, Isita vara varé. Treinta y ocho horas vividas, doce por vivir.
El último día transcurrió de forma veloz. El cariño que habíamos engendrado por nuestros vecinos profesores y la entrañable mujer y su hijo nos hacía entristecer a medida que nos acercábamos al final del trayecto. La cuenta atrás perdió todo sentido. Por eso, al bajar de la Sleeper Class del Nizzamudin Ernakulam-Nizzamudin Express, a las 19.30 del lunes, tuvimos la sensación que aquel maratón sobre rieles no había sido un mero viaje, sino una enriquecedora estadía en movimiento.
6 de agosto de 2007
No escribiré un artículo sobre los Kirchner en este blog
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25 de julio de 2007
Africano compra lomo jugoso argentino
"Naci en Mali, Africa, tengo 28 años y aprendi castelllano en Espania. En Europa vivi seis años. Me mudé a Argentina poque me contató una compañía de publicidad. Me dijieron que las argentinas son muy bellas...quiero conocerlas. Soy abierto, tranquilo y curioso. Me gusta besar a las mujeres mientras bebo un vino fino". Así se vende nuestro querido Kanuoté en Zonacitas.com, un foro de hombres y mujeres hábidos de carne con la cual "compartir nuevas amistades" los sábados de madrugada, preferentemente en una habitación poco espaciosa y con acolchado.
La web es un éxito total: cientos de jóvenes y no tanto introducen sus preferencias, hábitos y características. Se envían mensajes, chatean... Kanouté, tras dos semanas de haberse dado de alta en Zonacitas, también ha tenido un éxito total. Treinta y dos chicas han visitado su perfil. De esas, algunas compartieron mensajes cruzados y chats. Invitaciones para "iniciar una amistad" no han faltado, desde luego. Kanuoté encontró un buen vehículo para integrarse en la sociedad argentina. Puso quinta y hasta el fondo.
¿Qué mujer argentina -digánme ustedes- no se tentaría, aunque sea un poquito, ante un moreno simpático, de 28 años, metro ochenta, bien educado (¿inocente?) y que podría revelarse en la intimidad como un león salvaje africano. ¿Cuál no?
Las pruebas de ello y de lo creativas que son las argentinas cuando están motivadas: Mari27 le popuso a Kanouté: "Papito... Vayamos a conquistar de nuevo África... Yo soy la leona y vos el león". Lali lo invito "al choque de civilizaciones, pero choque de cola...". Romi-bis fue más allá: "Tarzán, soy tu cheeta. Cae con la liana y metemela hasta que grite aaaaahhhh".
Zonacitas se publicita en medios allegados al diario La Nación mediante los cánones de la belleza joven actual. La chica que se presenta es una muchacha rubia, carilinda e inteligente. Es universitaria y escribe correctamente. El chico es emprendedor, dinámico y, claro que sí, apuesto, con cabellos que florecen. El modelo de la televisión, vamos, pero más refinado.
Produce pena que este tipo de avisos sigan siendo funcionales. Muchos creen que enamorarán del primer flechazo a hombres o mujeres de los mentados parámetros. Casualmente, hace nueves años (tenía 18), logré pactar una cita con una chica a través del arcaico chat ICQ (para la línea temporal, ya es hablar de la prehistoria, el bruto salvaje con el garrote y la piedra). La señorita no me había enviado una foto por Internet: yo imaginaba a Kim Bassinger acercándose con un vestido blanco, cuya pollera se inflaba por la corriente de aire que provenía de una alcantarilla... Error. Decepción. Nunca más.
Pero Kanuoté* va por buen camino, se los aseguro. Lástima que el moreno guapetón no exista.
Lo he creado yo.
*Kanouté es el máximo goleador de la selección de fútbol de Malí y del Sevilla FC. La persona que aparece en la foto es conocido como "Mamma America" y trabaja en el cruce de un río a pocos kilómetros del santo poblado de Djenné, en la Malí central. Una vez me contó que su sueño era tener sexo con una "tubabu" (una blanca). Casi, mi amigo, casi.
23 de julio de 2007
Diagnóstico actual de un verdadero sabio
"Los valiosos ocultos", por Javier Marías (El País Semanal, 20/07/ 2007)
Si uno ve la televisión u oye la radio o lee la prensa, si atiende a los políticos, a muchos intelectuales y artistas, no digamos a los obispos (sobre todo si es a su portavoz siempre enmarañado y chulesco, Martínez Camino), acaba por tener la sensación de vivir en un país envilecido y lamentable, lleno de aprovechados, de cínicos, de imbéciles y de fatuos. Cuanto tiene una dimensión pública -y descuiden, que sin la menor reserva me incluyo- produce una impresión negativa, cómo decir, de permanentes exasperación y rebajamiento, de griterío generalizado, de empujones y codazos, de desfachatez, mezquindad, tontuna, mentira y codicia, todo mezclado. Uno oye a los tertulianos de una radio y a los pocos minutos la apaga entre hastiado y avergonzado, tal suele ser la sarta de disparates y venenosidades que escucha, casi todos pronunciados con el mayor engreimiento. Enciende la televisión y se encuentra, en demasiadas ocasiones, con gente chillona haciendo el memo o soltando zafiedades, ya sean presentadores o concursantes, agilipollado público que bailotea o bate palmas como niños (niños idiotas) o participantes en "debates", con frecuencia gente que no tiene idea de nada y, lo que es peor, que no se ha parado ni un minuto a pensarlo. E incluso echa un vistazo a unos "informativos" y se topa con el añoso locutor megalómano no dando noticias, sino hablando de sí mismo y de sus pésimos gustos. Abre uno los periódicos o las revistas y no es nada raro que lea bobadas sin cuento, opiniones no meditadas y declaraciones rimbombantes y huecas. Presta atención a los políticos y de la mayoría sólo brotan evidentes falacias y autopropaganda, casi nunca una idea interesante o el reconocimiento de un error o una culpa, y todos tendrían una lista larga. Y si uno se asoma a Internet, el trapicheo de memeces ocupa el 90%.
Y sin embargo la vida real, o personal, o privada, no tiene mucho que ver con todo eso, por lo menos la mía y las de quienes tengo cerca. Bien es verdad que en ella uno ve también hordas de descerebrados reales que, sobre todo en estas fechas, apenas saben articular más de una palabra, y ésta suele ser "¡Fiehta, fiehta!", independientemente de su edad, condición y sexo. Pero también estoy harto de conocer a personas valiosas que jamás hablan de nada de lo que nos inocula o cuela sin cesar lo público, sino de sus intereses o problemas particulares. Gente sosegada, bienhumorada, culta, educada, inteligente y prudente, atenta a su propia vida, afanosa por saber más, con buena voluntad y curiosidad infinita. Y no son sólo amigos de siempre, sino personas nuevas que me escriben o con las que me encuentro, a las que acabo de conocer y que me producen una impresión excelente, aunque el trato sea breve. Y también estoy harto de descubrir a jóvenes -en esta época en la que tantos parecen cafres; bueno, como en todas- que tienen todas las trazas de ir a convertirse en ciudadanos valiosos y responsables, deseosos de hacer bien lo que les toque en suerte (no siempre van a poder elegir, bien lo saben), indiferentes a la notoriedad y la fama, sobre todo si son mal ganadas.
¿Dónde están, me pregunto al poner la televisión o la radio o abrir los diarios? ¿Por qué aquí nunca aparecen, o muy raramente? Es tan abrumadora la vociferación de lo público, y tanta su capacidad de incitación a la mímesis en los más cortos de luces, que a veces no parece existir más realidad que la que los medios muestran, cuando la suya es por fuerza una visión sesgada, incompletísima. Esas personas valiosas son precisamente las que, por su discreción y sentido del ridículo, no se presentarían nunca a un concurso o a un reality show, ni acudirían a un programa de despellejamiento, ni dirigirían unos "informativos" a mayor gloria suya (el pudor se lo impediría), ni seguramente escribirían arbitrariedades en prensa como las que yo mismo escribo (y otros muchos, no crean). ¿O bien es que, en cuanto accedieran a estos medios, o a la política, o al obispado, se contagiarían de nuestra vileza? Imposible saberlo, y hay que dar gracias por ello. Porque mientras exista esa gente discreta, con sus intereses veraces, a gusto en su anonimato, con su atención centrada eminentemente en su vida particular y en su trabajo, sin más ambición que la de su propio mejoramiento, este país y este mundo no estarán aún condenados.
www.javiermarias.es
19 de julio de 2007
Saber perder (contra Brasil)
Un alumno de universidad, por más aplicado y talentoso que sea, no puede obtener el título si no supera los Finales.
Ocurre que para ganar una final se requiere de un dominio sobre un conocimiento específico. Los argentinos deberían robarles los apuntes a los brasileños. No sabemos cómo, pero ellos siempre salen vencedores (la selección argentina no elimina a Brasil de una competición mayor desde 1993). Esta última vez, incluso, los albicelestes alcanzaron el Final con aireados sobresalientes. Uno detrás de otro. Paff, paff, paff.
Hace algunos años se hablaba de un aura, una cierta pasta de campeón, que protegía a los bienaventurados en su camino a la gloria. Será que la Argentina no la tiene desde hace tiempo, visto lo visto. Y que Brasil la prepara a placer, visto lo visto. Ellos salen al campo mejor concentrados, más centrados, vaya a saber uno qué, pero mejor que sus rivales vecinos. No cabe duda de ello. Aún sin sus figuras más bienaventuradas, los pentacampeones del mundo parecieran llevar en su información genética un chip especial para disputar los Finales cómo Dios manda.
Que el técnico brasileño Dunga preparó bien el partido, que los dirigidos por Basile (¡le rompieron el coco!) no tuvieron suerte de su lado, que el gol en contra de Roberto Ayala fulminó los ánimos argentinos... Cabe arrodillarse ante la superioridad.
Durante un partido de Copa Libertadores -creo recordar- entre Rosario Central y el América de Cali (vencía de visita tres o cuatro a cero, hace por lo menos seis años) el periodista Juan Pablo Varsky dijo durante la transmisión: "Y... A veces pasa que el rival juega mejor". Que no todas las miserias se originaban en casa. En la reciente ocasión, Brasil jugó mejor desde todas las ópticas futboleras abordables. Felicitaciones, beso y medalla.
Los que no lo supieron entender fueron aquellos que no valoraron el segundo puesto y se quitaron el medallón. Me comentaba mi primo de Uruguay al finalizar el partido: "¿Sabes lo que daría yo por mostrarles a mis hijos, algún día, una medalla de plata de una Copa América? Por cierto, ¿que pensarán al respecto los jugadores de Colombia o de Bolivia, que quedaron últimos en la competición? Los mexicanos, el día anterior, saltaban chochos por haber conseguido el tercer lugar. A los uruguayos, otros desagradecidos, tampoco les importaba el podio. Como si la Celeste alcanzara las etapas decisivas en cada competición que disputara. ¿Para qué quiero yo un reconocimiento?
Campeones o fracaso.
Así no se puede andar por la vida, señores. El disc jockey argentino Hernán Cattaneo se quejaba porque sus fans argentinos se tomaban la música electrónica "demasiado en serio". O pasaban la mejor noche de sus vidas o el Dj los estafaba; sin medias tintas.
Dicen que uno no se cansa de ganar, pero sí de perder. Que aprendan a perder. Quizás así algún día logran ganar algo.
11 de julio de 2007
La fiesta de la luna llena
Koh Phan Gan, Tailandia, 6 de febrero de 2004
Imagine una playa paradisíaca, arena blanca, palmeras... Chicas bellísimas de todo el mundo... Cientos de personas bailando... Música que retumba durante horas... ¿Acaso qué joven no soñó alguna vez con una fiesta así? Bueno, este tipo de escenas existe en este planeta y tiene nombre y apellido: “Full moon party” (fiesta de la luna llena). En diciembre de 1988, un grupo de hippies europeos organizó una fiesta en la playa de Anjuna, Goa -costa este de la India-, y que coincidió con la noche de luna llena. Un dinámico estilo tecno y trance, hoy conocido como “Goa trance” o "trance psicodélico", era el encargado de mover los cuerpos de los no más de 200 invitados, estimulados por todo tipo de drogas. Desde entonces, las Full moon se extendieron a Indonesia (Bali), Australia, Fiji (Oceanía), Sudáfrica, Zimbabwe (Africa) y hasta Brasil; siempre y cuando la Policía local las habilitara. En los últimos años, la más concurrida y codiciada por jóvenes de todo el mundo es la que tiene lugar en la Isla de Koh Phan Gan, en el Golfo de Tailandia. Entre diciembre y febrero de cada año, casi 10.000 almas copan las arenas de la playa de Hat Rin Nok (“Playa del amanecer”) y forman parte de una historia que vale la pena ser contada.
Los viajeros que transitan por Khao San Road, la calle madre del turismo joven en Bangkok –la capital tailandesa-, se informan por Internet para saber cuándo será la próxima luna llena o preguntan desesperados en las agencias de viaje. Los más fanáticos de esta cita ya lo han chequeado en su país y viajan especialmente para la fiesta. “Five february”, es la respuesta del millón. Unos se lamentan porque ya no estarán en Tailandia, otros cambian de la noche a la mañana el itinerario con tal de no faltar a la cita.
Tres días antes de la fecha, las 8.000 camas disponibles en la isla ya están cubiertas. Los que llegan el mismo día o el anterior, van de albergue en albergue para conseguir una habitación o una cama, lo que sea. "Is full, is full", responden rápidamente los patrones tailandeses con su inglés superbásico. Los barcos que zarpan desde Ko Tao y Ko Samui, dos islas vecinas de Ko Phan Gan en el golfo tailandés, salen totalmente llenos desde el mediodía previo. La temperatura de la isla va aumentando a medida que se esconde el sol.
Algunos llegan a esta playa de la forman menos pensada. El pequeño bote que llevaba a la francesa Jacqueline desde el norte de la isla naufragó y el grupo de 50 turistas que la acompañaba tuvo que llegar ¡nadando! Más otro tramo a pie hasta la playa donde la fiesta (sureste de la isla). Habían salido a las 22 horas de su hotel y a Hat Rin Nok recién pudieron acudir a las tres de la madrugada. Todo sea por la Full moon. Los que van arribando, entonces, se topan con una marea de gente. Es una verdadera rave sobre la arena. Son poco menos de 10.000 personas de todos los rincones del mundo. La mayoría provienen de Inglaterra, Francia, Suecia y, sorpresivamente, de Israel. Estos últimos son casi la cuarta parte. Luego de afrontar la muerte cara a cara durante tres años como soldados, los jóvenes israelíes se retiran durante meses a India y Tailandia para relajarse tras semejante calvario en los territorios palestinos. También hay un puñado de españoles. Tony, de Barcelona, está en Koh Phan Gan por séptima vez. La fiesta, para él, es el único punto de reencuentro con amigos del otro lado del planeta.
El catalán avisa que en el puesto Zoom, uno de los diez que hay en la playa Hat Rin, estará lo mejor. Junto con Vinyl club, son los garitos más fieles a la idea original de las Full moon. Allí sólo se escucha Goa trance. Casualmente, es en estos dos puestos donde más se prolongará la fiesta. El bar se llena a las tres y a bailar que se acaba el mundo. Jazzmina y Josep María, también de Catalunya, estaban paseando por el sudeste asiático y tampoco se iban a perder semejante acontecimiento. Ambos aseguran que en Koh Phan Gan “pasan más cosas en una noche que en toda una temporada en Barcelona”.
La energía de la música y de los que han elegido por los estupefacientes contagia a los que no y casi no se puede diferir entre los primeros y los segundos. La noche comienza a caer y como anticipó Tony, las zonas raves son las que más gente convocan. A las 6.30 sale el sol tapado por las nubes. Se inicia la primera sesión de lluvia, que incrementa el pulso en la arena. El agua para de caer y una media hora después regresa en formato de diluvio. La típica lluvia tropical. ¡A quién le importa! El agua desata una locura colectiva. Jim, una chica de Japón, le pregunta a Chao, de Taiwán, en un inglés de manual: "¿Es esto real? No lo puedo creer". En la arena que da a Zoom unas 500 personas bailan y bailan bajo la lluvia. Nada perece detenerlos. El público, transpirado por los 35 grados de temperatura, agradece a Dios por el agua. Tom de Australia, sin embargo, no la necesita. Empapado, con tejano y cerveza en mano, va y vuelve al mar. Jason, de Nueva York y de piel rosada, no esconde su homosexualidad: con su metro cincuenta baila en calzoncillos y su boina gris en el medio de la playa.
De pronto, vuelve el sol y fulmina los cuellos y los hombros de los bailarines. Las bellas caras de las mujeres por la noche no son tal por la mañana. Ojeras, caras estiradas, morados, miradas perdidas, pasos y bailes incomprensibles...
La marea sube por la mañana. El agua va encerrando a la gente y va arrastrando decenas de botellas, pares de chancletas y camisetas. Sobre las 11, las olas ya llegan a los parlantes. Todo sigue igual. Pum, pum y más pum pum. Que aquí no ha pasado nada. Como para Scott, de 54 años. Baila sin parar en un parlante de Zoom junto a una tailandesa que alquiló en Pattaya –el centro de prostitución en este país- por 150 euros semanales a cambio de buen sexo y compañía. Peter, inglés, cumple 61 años esa misma noche. ¡Vaya fiesta le han regalado! Peter aun sigue bailando pasadas las 12 del mediodía. Cabello largo y platinado. Se le nota una paz interior muy honda. La fiesta no tiene color ni edad. La escena, ya por la mañana, está monopolizada por israelíes. Pasadas las nueve, la mitad de los sobrevivientes que aún bailan son de Israel. Incluso, los tres disc jockeys que deleitaron la pista de Zoom, "made in Israel". DJ Pixel, quien también ha tocado en Goa, dice que "el ambiente y la excitación de las Full moon son únicos. Aquí la gente baila como si fuera su última fiesta. Pero nunca lo es. Siempre vuelven".
A cada rincón, otra historia. Pete, de Sudáfrica, está siempre sonriente y con su novena o décima cerveza en la mano. Su bungalow está justo detrás de Zoom. "Como no puedo dormir por la música, no me queda otra que venir aquí todas las noches", confiesa. Y luego agrega: "Sólo viví algo como esto en mi país. Una vez, la luna se ocultó cinco días y se hizo una rave en la selva. No paramos de bailar durante todo ese tiempo".
Llega el mediodía y el trance psicodélico sigue sonando como cuando se encendieron los equipos. Los 100 sobrevivientes desean que no se apaguen nunca. Na bau, tailandés y empleado de Zoom, cabecea del sueño. Pobre hombre, lleva 17 horas sirviendo en la barra. Ya son las 14.30 y la música por fin se detiene. Na bau Agarra rápido su bolso y se va a casa a dormir porque al día siguiente tendrá que volver a trabajar al mismo lugar. Y en cuatro semanas, la luna se volverá a llenar y otra enorme fiesta lo volverá a aguardar.
9 de julio de 2007
Otra creencia que se desmonta
El primer mundo carece felizmente de violencia familiar.
En los países desarrollados no existe la violencia juvenil.
LA VANGUARDIA 01/07/2005 MULTIPLE SOCIEDAD SILVIA FERNÁNDEZ
Palmas de Gran Canaria. - El capítulo bíblico de la muerte de Abel en manos de su hermano Caín, tan increíble como dramático, tuvo ayer su reflejo en la vida real. Un menor de 15 años mató a puñaladas a su hermano de 17 en una barriada del municipio grancanario de Agaete (Canarias).Los hechos sucedieron sobre las 10.30 horas de la mañana, cuando el mayor de los hermanos, Yeroe M.G, de 17 años, se encontraba en la vivienda de su abuelo materno con un amigo, conocido como el Nano.
Al parecer, los dos jóvenes estaban escuchando música cuando entró en la habitación el presunto asesino, José M.G, de 15 años, quien pidió a su hermano que bajara el volumen porque le había despertado. Ante la negativa de la víctima, José M.G. abandonó la habitación y regresó poco después con un cuchillo de cocina de unos 40 centímetros, con el que se abalanzó contra la víctima y le apuñaló en el costado izquierdo, lo que le produjo una herida en el corazón que le causó la muerte. El amigo de Yeroe trató de intervenir en la pelea y resultó herido en una pierna mientras que la víctima salió a la calle, donde tras andar unos metros cayó desplomada en un charco de sangre. El joven llegó con vida al centro de salud de Agaete, pero murió poco después.En la pelea, el agresor, que fue detenido por la Guardia Civil y permanece bajo custodía en espera de tomarle declaración, resultó herido con un corte superficial de escasa consideración en una mano...
3 de julio de 2007
Dios hay uno solo

Ningún Papa ha despertado tanta atención de tanta gente durante tanto tiempo, ni semejante influencia en dos generaciones de jóvenes, como Homero Simpson -Homer fuera de América Latina-, el alma matter de la serie, la tuvo desde 1987. Es ya uno de los nombres más familiares para el hombre occidental contemporáneo. Las insignias del siglo pasado y el corriente en las camisetas baratas que se venden en los mercaditos de Guadalajara, Barcelona o Buenos Aires sentencian. Diego Maradona, Che Guevera, Charles Chaplin, James Dean, Bob Marley, Mick Jagger, Kurt Cobain, Jim Morrison, John Lennon, Elvis Presley y, por supuesto, Homero J. Simpson.
Génesis de una familia popular
En 1987, el galardonado cineasta James L. Brooks ofreció al dibujante Matt Groening hacer unos cortos animados para incorporarlos a The Tracy Ullman Show. Los conejitos que ideó
Groening no auguraban un gran éxito, por lo que decidió darle vida a unos personajes nuevos. El creativo Groening -lo reconoció tiempo después durante una entrevista- ideó a los Simpson en una servilleta quince minutos antes de reunirse con Brooks. Para evitar que el boss notará la improvisación, Matt utilizó el nombre de su padre y de su madre, Homer y Marge, y sus hermanas, Maggie y Lisa. Así fue como el 19 de abril de 1987, la cadena Fox emitió el primer corto de esa familia. Duró dos minutos. George W. Bush padre los consideró "pecaminosos" en su momento. La audiencia no pensaba lo mismo. Tres años después, la cadena que hoy controla la derecha norteamericana encargó a Groening episodios que pudieran ocupar un espacio de media hora, publicidades incluidas, en horario prime time. Hasta hoy.La producción de cada capítulo dura tres meses. 60 personas componen el equipo de producción y doblaje, más 50 músicos, 100 animadores en Estados Unidos y otros 120 en Corea del Sur. Éstos últimos reciben el guión, el storyboard y las pistas de sonido con las voces desde Estados Unidos para luego pintar las escenas y dar vida a los personajes.
"The Simpsons. The movie"
El 27 de julio se estrena en todo el globo La película de Los Simpsons. Uno de los guionistas y productores, Al Jean, expresó a la revista estadounidense Parade que el film "tenía que sujetarse por sí solo. Necesitaba su propia narración para que no fueran sólo 80 minutos de chistes. Aunque son 80 minutos de chistes". Quienes ya vieron el tryler cuentan que Homero
toma el papel de súper héroe al mejor estilo americano. Aunque su personaje, en la serie, es todo lo contrario: un nítido antihéore. En los foros de aficionados algunas hablan de la irrupción de un cerdo en la serie, del despido de Homero de la central, de desnudos y sexo.En Estados Unidos están registradas 34 estados que poseen una localidad llamada "Springfield" (en una de ellas surgió el basketball). Justamente por eso su creador la llamó de esa manera. Una familia arquetipo en un pueblo cualquiera. Dieciséis Springfield compiten por convertirse en la sede del estreno mundial de la película. Un fanático de la serie recuerda que se mencionó la situación de la ciudad en un capítulo: a 678 millas de México DF. y a 2.653 de Orlando (Florida). Aunque en episodios sucesivos, se hicieron diferentes versiones para mantener el misterio.
Homero-Dios
Entrevista a Matt Groening en el diario La Vanguardia (Barcelona), publicada el 2 de mayo de 1999. "Supongo que como yo soy un media-adicto, conseguí una curiosa mezcla de influencias culturales: desde Aristóteles al Capitán América. El resultado es algo así como Homer Simpson, una parodia del padre americano de segunda clase que vive en un barrio vulgar, hace cosas vulgares y lleva una vida vulgar con una familia tan vulgar como él. Adorable", dijo el creador de los Simpson.
Uno de los mayores logros de Groening fue haber conseguido que los niños que no comprenden la mayor parte de los gags de la serie sean igual de seguidores -en su caso, de Bart, por mera identificación- que los adolescentes o más mayorcitos. Por eso, no sorprende que una encuesta a chicos estadounidenses, la práctica totalidad de ellos aribuyen sólo caracteres “negativos” a Homero Simpson (sin ironías en edades tempranas). A saber: "glotón", "borracho" y "estúpido".
La enciclopedia libre en Internet Wikipedia, por su parte, recoge las 127 profesiones por las que ha pasado el padre de la familia. El Homero polivalente y multiuso las ha vivido todas, incluso algunas que han quebrado los cánones de lo políticamente correcto. En diciembre del 2005 abandonó abruptamente la cerveza y los ‘hot-dogs’, así como la dieta a base de comida chatarra, para adherirse a las escrituras del Corán y los mandamientos de Alá. Así viajó a Oriente Medio convertido en "Omar Al-Shamshoon". En los países árabes, analistas de la TV consideraron que Homero era "aburrido". Poco tiempo antes, Homero se había convertido en el primer oficiador de bodas gays, un tema tabú en una larga lista de países a los que llamamos democráticos.
Otro despunte de repercusión internacional ocurrió en abril 2002: Homero fue asaltado en Río de Janeiro por niños de la calle, después capturado por un taxi pirata y finalmente secuestrado en el Amazonas. Mientras, una anaconda se merendaba a Bart de un trago en el Pan de Azucar. El presidente brasileño de aquel entonces, Fernando Henrique Cardoso, hizo saber su descontento a través de la agencia de información estatal por "difamación de su país".
Homero J. Simpson representa una simbólica metáfora de los tiempos que corren. Aun siendo su séquito conciente que es un completo y rotundo incompetente, inútil, imbécil, bebedor y obeso compulsivo; infiel, ciclotímico, esquizofrénico, ansioso y paranóico; es el gran ídolo de ellos.2 de julio de 2007
Entrevista exclusiva con Homero Simpson
-Buenas noches, Sr. Simpson. ¿Cómo se siente a pocas semanas del sensacional estreno mundial “The Simpsons, the movie”?
-Perdón, pero... ¿Está usted entrevistándome a mí?
-Sí, a usted, señor Simpson.
-¿Y va a salir en la tele? Dígame que sí, dígame que sí...
-Pues, lo siento: no. ¿Acaso ve usted alguna cámara de televisión, señor Simpson?
-Eh, creo que no. A ver...
-Aha. Prosigamos con otra pregunta. ¿Cree que la película tendrá tanto éxito en las taquillas como la serie?
-El rodaje fue más largo que en los capítulos y yo ya estaba muy cansado al final. Las rosquillas se acabaron pronto y se rompió la heladera y las cervezas se calentaron ¡maldita sea!
-¿Podría hacernos un ligero adelanto sobre la trama del film?
-(En el mismo instante suena el teléfono móvil de Homero: “Sr. Simpson: en este momento un francotirador le está apuntando a su cabeza desde el segundo piso del edificio al otro lado de la calle. Diga lo que se le ocurra, pero no la verdad”, le ordena una voz distorsionada).
-Sr. Simpson, cesaron los disparos. Puede usted volver a su silla.
-Malditos contratos de confidencialidad.
-Bueno, pasemos a otro tema...
-Uy, me me hace ruido la barriga. Tengo hambre. ¿No habrá por aquí un lugar donde pueda comprar rosquillas?
-No.
-¿Y emparedados?
-No.
-¿Y 'perros calientes'?
-No.
-¿Y pizzas de doble queso con tomate?
-No.
-¿Y pizza de queso y salchichón?
-No.
-¿Y pasteles de chocolates rellenos con crema y caramelo derretido?
-No.
-¿Y...
-Sr. Simpson, está usted en una entrevista.
-Sí, señor. Es que tengo hambre. Las filmaciones son muy cansadoras y no hay tiempo para comer.
-Dígame, Homero. Su familia lleva 20 años en antena con niveles de audiencia históricos. ¿Cómo hacen para mantenerse tan arriba?
-No lo sé. Tal vez porque yo tengo la misma edad que en el primer capítulo, Marge y mis hijos también... ¿Qué he dicho?... Es verdad... No lo puedo creer: no he crecido en 20 años, ¡yuppi! ¡yahoo! ¡google! (Homero comienza a dar brincos en la sala de aquí para allí).
-Durante la serie, usted, un padre de familia, se emborrachó mil y una veces, fumó marihuana hasta perder la vista, fue cómplice de delincuentes diversos, atentó contra la seguridad mundial... ¿Se considera un buen ejemplo a seguir por la sociedad?
-¿Podría repetirme la pregunta, por favor? Es que estaba comiendo las migas del donut que habían quedado en mi bolsillo desde ayer. Mmm, de-li-cio-so.
-¿Si usted se considera un modelo para sus millones de fans?
-Soy un excelente modelo.. “Homero Simpson, el mejor padre de todos los tiempos” (dice al pararse e inflar su pecho). Qué bien que suena. Oiga –se pone serio-, yo podría montar un serie propia y olvidarme de la nerd de Lisa y la insoportable de Marge de una buena vez. ¡Ayúdeme, no puedo más, se lo suplicoooo! (el entrevistado se arrodilla ante el periodista, tira de sus pantalones, al tiempo que cubre su rostro y lagrimea).
-Sr. Simpson, hay cosas más tristes en la vida...
-¿Y mi vecino Ned Flanders, el bigotudo afeminado y ortodoxo más irritante de Springfield? Lo he intentado todo para deshacerme de él, pero el director siempre lo revive. ¡Demonios! (Homero se recompone y se vuelve a sentar).
-Por cierto, cuéntenos sobre Matt Groening. ¿Cómo es su relación?
-Jamás había oído ese nombre, se lo juro por mi mamacita. Se lo juro. Se lo juro.
-Olvídelo. Una última pregunta. ¿Hay Simpsons para muchas más temporadas?


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